La Odisea
La Odisea 37 —SÃ, muy oportuno es, oh diosa, cuanto acabas de decir; pero mi ánimo me hace pensar cómo lograré poner las manos en los desvergonzados pretendientes, hallándome solo, mientras que ellos están siempre reunidos en el palacio. Considero también otra cosa aún más importante: si logro matarlos, por la voluntad de Zeus y la tuya, ¿adónde me podré refugiar? Yo te invito a que me lo declares.
44 DÃjole entonces Atenea, la deidad de ojos de lechuza:
45 —¡Desdichado! Se tiene confianza en un compañero peor, que es mortal y no sabe dar tantos consejos, y yo soy una diosa que te guarda en todos tus trabajos. Te hablaré más claramente. Aunque nos rodearan cincuenta compañÃas de hombres de voz articulada, ansiosos de acabar con nosotros por medio de Ares, te serÃa posible llevarte sus bueyes y pingües ovejas. Pero rÃndete al sueño, que es gran molestia pasar la noche sin dormir y vigilando; y ya en breve saldrás de estos males.
54 Asà le habló; y, apenas hubo infundido el sueño en los párpados de Odiseo, la divina entre las diosas volvió al Olimpo.
56 Cuando al héroe le vencÃa el sueño, que deja el ánimo libre de inquietudes y relaja los miembros, despertaba su honesta esposa, la cual rompió en llanto, sentándose en la mullida cama. Y asà que su ánimo se cansó de sollozar, la divina entre las mujeres elevó a Artemis la siguiente súplica.