La Odisea
La Odisea 61 —¡Artemis, venerable diosa hija de Zeus! ¡Ojalá que, tirándome una saeta al pecho, ahora mismo me quitaras la vida; o que una tempestad me arrebatara, conduciéndome hacia las sombrÃas sendas, y me dejara caer en los confines del refluente Océano! Como las borrascas se llevaron las hijas de Pandáreo, pues los númenes les mataron los padres y ellas se quedaron huérfanas en el palacio y entonces criólas la diosa Afrodita con queso, dulce miel y suave vino; dotólas Hera de hermosura y prudencia sobre las mujeres; dióles la casta Artemis buena estatura, y adiestrólas Atenea en labores eximias pero, mientras la diosa Afrodita se encaminaba al vasto Olimpo a pedirle a Zeus, que se huelga con el rayo, florecientes nupcias para las doncellas (pues aquel dios lo sabe todo y conoce el destino favorable o adverso de los mortales), arrebatáronlas las HarpÃas y se las dieron a las odiosas Erinies como esclavas: de igual suerte háganme desaparecer a mà los que viven en olÃmpicos palacios o mátame Artemis, la de lindas trenzas, para que yo penetre en la odiosa tierra teniendo ante mis ojos a Odiseo, y no haya de alegrar el ánimo de ningún hombre inferior. Cualquier mal es sufridero, aunque pasemos el dÃa llorando y con el corazón muy triste, si por la noche viene el sueño, que nos trae el olvido de todas las cosas, buenas y malas, al cerrarnos los ojos. Pero a mà me envÃa algún dios funestas pesadillas. Esta misma noche acostóse a mi lado un fantasma muy semejante a él, tal como era Odiseo cuando partió con el ejército; y mi corazón se alegraba, figurándose que no era sueño, sino veras.