La Odisea
La Odisea 376 —¡Telémaco! Nadie tiene con los huéspedes más desgracia que tú. El uno es tal como ese mendigo vagabundo, necesitado de que le den pan y vino, inhábil para todo, sin fuerzas, carga inútil de la tierra; y el otro se ha levantado a pronunciar vaticinios. Si quieres creerme —y serÃa lo mejor—, echemos a los huéspedes en una nave de muchos bancos y mandémoslos a Sicilia; y allà te los comprarán por razonable precio.
384 Asà decÃan los pretendientes, pero Telémaco no hizo ningún caso de estas palabras; sino que miraba silenciosamente a su padre, aguardando el momento en que habÃa de poner las manos en los desvergonzados pretendientes.
387 La discreta Penelopea hija de Icario, mandó colocar su magnÃfico sillón enfrente de los hombres, y oÃa cuanto se hablaba en la sala. Y los pretendientes reÃan y se preparaban el almuerzo, que fue dulce y agradable, pues sacrificaron multitud de reses; pero ninguna cena tan triste como la que pronto iban a darles la diosa y el esforzado varón, porque habÃan sido los primeros en maquinar acciones inicuas.