La Odisea
La Odisea 351 —¡Ah, mÃseros! ¿Qué mal es ese que padecéis? Noche obscura os envuelve la cabeza, y el rostro, y abajo las rodillas; crecen los gemidos, báñanse en lágrimas las mejillas; y asà los muros con los hermosos intercolumnios están rociados de sangre. Llenan el vestÃbulo y el patio las sombras de los que descienden al tenebroso Érebo; el sol desapareció del cielo y una horrible obscuridad se extiende por doquier.
358 Asà se expresó, y todos rieron dulcemente. Entonces EurÃmaco, hijo de Pólibo, comenzó a decirles:
360 —Está loco ese huésped venido de paÃs extraño. Ea, jóvenes, llevadle ahora mismo a la puerta y váyase al ágora, ya que aquà le parece que es de noche.
363 Contestóle TeoclÃmeno, semejante a un dios:
364 —¡EurÃmaco! No pido que me acompañen. Tengo ojos, orejas y pies, y en mi pecho la razón, que está sin menoscabo; con su auxilio me iré afuera, porque veo claro que viene sobre vosotros la desgracia de la cual no podréis huir ni libraros ninguno de los pretendientes que en el palacio del divino Odiseo insultáis a los hombres, maquinando inicuas acciones.
371 Cuando esto hubo dicho, salió del cómodo palacio y se fue a la casa de Pireo, que lo acogió benévolo. Los pretendientes se miraban los unos a los otros y zaherÃan a Telémaco, riéndose de sus huéspedes. Y entre los jóvenes soberbios hubo quien habló de esta manera: