La Odisea
La Odisea 85 —¡Rústicos necios que no pensáis más que en lo del dÃa! ¡Ah, mÃseros! ¿Por qué, vertiendo lágrimas, conmovéis el ánimo de esta mujer, cuando ya lo tiene sumido en el dolor desde que perdió a su consorte? Comed ahÃ, en silencio, o Ãdos afuera a llorar; dejando ese pulido arco que ha de ser causa de un certamen fatigoso para los pretendientes, pues creo que nos será difÃcil armarlo. Que no hay entre todos los que aquà estamos un hombre como fue Odiseo. Le vi y de él guardo memoria, aunque en aquel tiempo yo era niño.
96 Asà les habló, pero allá dentro en su ánimo tenÃa esperanzas de armar el arco y hacer pasar la flecha por el hierro; aunque debÃa gustar antes que nadie la saeta despedida por las manos del intachable Odiseo, a quien estaba ultrajando en su palacio y aun incitaba a sus compañeros a que también lo hiciesen.
101 Mas el esforzado y divinal Telémaco les dijo: