La Odisea

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249 —¡Oh, dioses! Grande es el pesar que siento por mí y por vosotros todos. Y aunque me afligen las frustradas nupcias, no tanto me lamento por ellas —pues hay muchas aqueas en la propia Ítaca, rodeada por el mar y en las restantes ciudades—, como por ser nuestras fuerzas de tal modo inferiores a las del divinal Odiseo que no podamos tender su arco: ¡vergüenza será que lleguen a saberlo los venideros!

256 Entonces Antínoo, hijo de Eupites, les habló diciendo:

257 —¡Eurímaco! No será así y tú mismo lo conoces. Ahora, mientras se celebra en la población la sacra fiesta del dios, ¿quién lograría tender el arco? Ponedlo en tierra tranquilamente y permanezcan clavadas todas las segures, pues no creo que se las lleve ninguno de los que frecuentan el palacio de Odiseo Laertíada.

263 Mas, ea, comience el escanciano a repartir las copas para que hagamos la libación, y dejemos ya el corvo arco. Y ordenad al cabrero Melantio que al romper el día se venga con algunas cabras, las mejores de todos sus rebaños, a fin de que, en ofreciendo los muslos a Apolo, célebre por su arco, probemos de armar el de Odiseo y terminemos este certamen.

269 Así se expresó Antínoo y a todos les plugo lo que proponía. Los heraldos diéronles aguamanos y los mancebos coronaron de bebida las crateras y las distribuyeron después de ofrecer en copas las primicias.


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