La Odisea
La Odisea 105 Respondióle el ingenioso Odiseo:
106 —Tráelo corriendo, mientras tengo saetas para rechazarlos: no sea que, por estar solo, me lancen de la puerta.
108 Asà le dijo. Telémaco obedeció a su padre, y se fue al aposento donde estaban las magnÃficas armas. Tomó cuatro escudos, ocho lanzas y cuatro yelmos de bronce adornados con espesas crines de caballo; y, llevándoselo todo, volvió presto adonde se hallaba su padre. Primeramente protegió Telémaco su cuerpo con el bronce; los dos esclavos vistieron asimismo hermosas armaduras, y luego colocáronse todos junto al prudente y sagaz Odiseo.
116 Mientras el héroe tuvo flechas para defenderse, fue apuntando e hiriendo sin interrupción en su propia casa a los pretendientes, los cuales caÃan unos en pos de otros. Mas, en el momento en que se le acabaron las saetas al rey, que las tiraba, arrimó el arco a un poste de la sala sólidamente construida, apoyándolo contra el lustroso muro; echóse al hombro un escudo de cuatro pieles, cubrió la robusta cabeza con un labrado yelmo cuyo penacho de crines de caballo ondeaba terriblemente en la cimera, y asió dos fuertes lanzas de broncÃnea punta.