La Odisea
La Odisea 288 —¡Oh, el más miserable de los forasteros! No hay en ti ni pizca de juicio ¿No te basta estar sentado tranquilamente en el festÃn con nosotros, los ilustres, sin que se te prive de ninguna de las cosas del banquete, y escuchar nuestras palabras y conversaciones que no oye forastero ni mendigo alguno? Sin duda te trastorna el dulce vino, que suele perjudicar a quien lo bebe ávida y descomedidamente. El vino dañó al Ãnclito centauro Euritión cuando fue al paÃs de los lapitas y se halló en el palacio del magnánimo PirÃtoo. Tan luego como tuvo la razón ofuscada por el vino, enloqueciendo, llevó al cabo perversas acciones en la morada de PirÃtoo; los héroes, poseÃdos de dolor, arrojáronse sobre él y, arrastrándolo hacia la puerta, le cortaron con el cruel bronce orejas y narices; y asà se fue, con la inteligencia trastornada y sufriendo el castigo de su falta con ánimo demente.
303 Tal origen tuvo la contienda entre los centauros y los hombres; mas aquél fue quien primero se atrajo el infortunio por haberse llenado de vino. De semejante modo, te anuncio a ti una gran desgracia si llegares a tender el arco; pues no habrá quien te defienda en este pueblo, y pronto te enviaremos en negra nave al rey Equeto, plaga de todos los mortales, del cual no has de escapar sano y salvo. Bebe, pues, tranquilamente y no te metas a luchar con hombres que son más jóvenes.