La Odisea
La Odisea 126 HabÃa en la bien labrada pared un postigo con su umbral mucho más alto que el pavimento de la sala sólidamente construida, que daba paso a una callejuela y lo cerraban unas tablas perfectamente ajustadas. Odiseo mandó que lo custodiara el divinal porquero, quedándose de pie junto al mismo, por ser aquélla la única salida. Y Agelao hablóles a todos con estas palabras:
132 —¡Oh amigos! ¿No podrÃa alguno subir al postigo, hablarle a la gente y levantar muy pronto un clamoreo? Haciéndolo asÃ, quizás este hombre disparara el arco por la vez postrera.
135 Mas el cabrero Melantio le replicó:
136 —No es posible, oh Agelao, alumno de Zeus. Hállase el postigo muy próximo a la hermosa puerta que conduce al patio, la salida al callejón es difÃcil y un solo hombre que fuese esforzado bastarÃa para detenernos a todos. Mas, ea, para que os arméis traeré armas del aposento en el cual me figuro que las colocaron —y no será seguramente en otra parte— Odiseo con su preclaro hijo.
142 Diciendo de esta suerte, el cabrero Melantio subió a la estancia de Odiseo por la escalera del palacio. Tomó doce escudos, igual número de lanzas y otros tantos broncÃneos yelmos guarnecidos de espesas crines de caballo; y, llevándoselo todo, lo puso en las manos de los pretendientes.