La Odisea
La Odisea 312 —Te lo ruego abrazado a tus rodillas, Odiseo: respétame y apiádate de mi. Yo te aseguro que a las mujeres del palacio ninguna bellaquerÃa les dije ni les hice jamás; antes bien, contenÃa a los pretendientes que de tal suerte se portaban. Mas no me obedecieron en términos que sus manos se abstuviesen de las malas obras; y por eso se han atraÃdo con sus iniquidades una deplorable muerte. Y yo, que era su arúspice y ninguna maldad cometÃ, yaceré con ellos; pues ningún agradecimiento se siente hacia los bienhechores.
320 Mirándole con torva faz, exclamó el ingenioso Odiseo:
321 —Si te jactas de haber sido su arúspice, debiste de rogar muchas veces en el palacio que se alejara el dulce instante de mi regreso, y se fuera mi esposa contigo, y te diese hijos; por tanto, no escaparás tampoco de la cruel muerte.
326 Diciendo asÃ, tomó con la robusta mano la espada que Agelao, al morir, arrojó al suelo, y le dio tal golpe en medio de la cerviz, que la cabeza rodó por el polvo mientras Leodes hablaba todavÃa.