La Odisea
La Odisea 330 Pero libróse de la negra Parca el aedo Femio Terpíada; el cual, obligado por la necesidad, cantaba ante los pretendientes. Hallábase de pie junto al postigo, con la sonora cítara en la mano, y revolvía en su corazón dos resoluciones: o salir de la habitación y sentarse junto al bien construido altar del gran Zeus protector del recinto, donde Laertes y Odiseo habían quemado tantos muslos de buey; o correr hacia Odiseo, abrazarle las rodillas, y dirigirle súplicas. Considerándolo bien, parecióle mejor tocarle las rodillas a Odiseo Laertíada. Y dejando en el suelo la cóncava cítara entre la cratera y la silla de clavazón de plata, corrió hacia Odiseo, abrazóle las rodillas y comenzó a suplicarle con estas aladas palabras:
344 —Te lo ruego abrazado a tus rodillas, Odiseo: respétame y apiádate de mí. A ti mismo te pesará más adelante haber quitado la vida a un aedo como yo, que canto a los dioses y a los hombres. Yo de mío me he enseñado, que un dios me inspiró en la mente canciones de toda especie y soy capaz de entonarlas en tu presencia como si fueses una deidad: no quieras, pues degollarme. Telémaco, tu caro hijo te podrá decir que no entraba yo en esta casa de propio impulso, ni obligado por la penuria, a cantar después de los festines de los pretendientes; sino que éstos, que eran muchos y me aventajaban en poder forzábanme a que viniera.
354 Así habló; y, al oírlo el vigoroso y divinal Telémaco, dijo a su padre, que estaba cerca: