La Odisea
La Odisea 356 —Tente y no hieras con el bronce a ese inculpado. Y salvaremos asimismo al heraldo Medonte, que siempre me cuidaba en esta casa mientras fui niño; si ya no le han muerto Filetio o el porquerizo, ni se encontró contigo cuando arremetÃas por la sala.
361 Asà dijo; y oyólo el discreto Medonte, que se hallaba acurrucado debajo de una silla, tapándose con un cuero reciente de buey para evitar la negra Parca. Salió en seguida de debajo de la silla, apartó la piel de buey, y corriendo hacia Telémaco, le abrazó las rodillas y comenzó a suplicarle con estas aladas palabras:
367 —¡Oh, amigo! Ese soy yo. Detente y di a tu padre que no me cause daño con el agudo bronce, braveando con su fuerza, irritado como está contra los pretendientes que agotaban sus bienes en el palacio, y a ti, los muy necios, no te honraban en lo mas mÃnimo.
371 DÃjole sonriendo el ingenioso Odiseo:
372 —TranquilÃzate, ya que éste te libró y salvó para que conozca en tu ánimo y puedas decir a los demás cuánta ventaja llevan las buenas acciones a las malas. Pero salid de la habitación tú y el aedo tan afamado y tomad asiento en el patio, fuera de este lugar de matanza, mientras doy fin a lo que debo hacer en mi morada.
378 Asà les habló; y ambos salieron de la sala y se sentaron junto al altar del gran Zeus, mirando a todas partes y temiendo recibir la muerte a cada paso.