La Odisea
La Odisea 381 Odiseo registraba con los ojos toda la estancia por si hubiese quedado vivo alguno de aquellos hombres, librándose de la negra Parca. Pero los vio, a tantos como eran, caídos todos entre la sangre y el polvo. Como los peces que los pescadores sacan del espumoso mar a la corva orilla de una red de infinidad de mallas, yacen amontonados en la arena, anhelantes de las olas, y el resplandeciente sol les arrebata la vida: de esa manera estaban tendidos los pretendientes los unos contra los otros.
390 Entonces el ingenioso Odiseo dijo a Telémaco:
391 —¡Telémaco! Ve y llámame al ama Euriclea para que sepa lo que tengo pensado.
393 Así se expresó. Telémaco obedeció a su padre y moviendo la puerta, hablóle de este modo al ama Euriclea:
395 —¡Levántate y ven, añosa vieja que cuidas de vigilar las esclavas en nuestro palacio! Te llama mi padre para decirte algo.