La Odisea
La Odisea 398 Así dijo; y ninguna palabra voló de los labios de Euriclea, la cual abrió las puertas de las cómodas habitaciones, echó a andar, precedida por Telémaco, y halló a Odiseo entre los cadáveres de aquellos a quienes acababa de matar, todo manchado de sangre y polvo. Así como un león que acaba de devorar a un buey montés se presenta con el pecho y ambos lados de las mandíbulas teñidas en sangre, e infunde horror a los que lo ven: de igual manera tenía manchados Odiseo los pies y las manos.
407 Cuando ella vio los cadáveres y aquella inmensidad de sangre, empezó a romper en exclamaciones de alegría porque contemplaba una grandiosa hazaña; pero Odiseo se lo estorbó y contuvo su afán de clamoreo, dirigiéndole estas aladas palabras:
411 —¡Anciana! Regocíjate en tu corazón, pero conténte y no profieras exclamaciones de alegría; que no es piadoso alborozarse por la muerte de estos varones. Diéronles muerte la Parca de los dioses y sus obras perversas, pues no respetaban a ningún hombre de la tierra, malo o bueno, que a ellos se llegase; por esta causa, con sus iniquidades se han atraído una deplorable muerte. Mas, ea, cuéntame ahora qué mujeres me hacen poco honor en el palacio y quiénes están sin culpa.
419 Contestóle Euriclea, su ama querida: