La Odisea
La Odisea 130 Mas tan pronto como después de haber destruido la excelsa ciudad de Príamo, nos embarcamos en las naves y una deidad dispersó a los aqueos, Zeus tramó en su mente que fuera luctuosa la vuelta de los argivos; que no todos habían sido sensatos y justos, y a causa de ello les vino a muchos una funesta suerte por la perniciosa cólera de la deidad de ojo de lechuza, hija del prepotente padre, la cual suscitó entre ambos Atridas gran contienda. Llamaron al ágora a los aqueos, pero temeraria e inoportunamente —fue al ponerse el sol y todos comparecieron cargados de vino—, y expusiéronle las razones de haber congregado al pueblo. Menelao exhortó a todos los aqueos a que pensaran en volver a la patria por el ancho dorso del mar; cosa que desplugo totalmente a Agamenón pues quería detener al pueblo y aplacar con sacras hecatombes la terrible cólera de Atenea. ¡Oh necio! ¡No alcanzaba que no había de convencerla, porque no cambia de súbito la mente de los sempiternos dioses! así ambos, después de altercar con duras palabras, seguían en pie; y los aqueos, de hermosas grebas, se levantaron, produciéndose un vocerío inmenso, porque uno y otro parecer tenían sus partidarios. Aquella noche la pasamos revolviendo en nuestra inteligencia graves trazas los unos contra los otros, pues ya Zeus nos aparejaba funestas calamidades. Al descubrirse la aurora, echamos las naves al mar divino y embarcamos nuestros bienes y las mujeres de estrecha cintura. La mitad del pueblo se quedó allí con el Atrida Agamenón, pastor de hombres; y los restantes nos hicimos a la mar, pues un numen calmó el ponto, que abunda en grandes cetáceos. No bien llegamos a Ténedos, ofrecimos sacrificios a los dioses con el anhelo de tornar a nuestras casas, pero Zeus aún no tenía ordenada la vuelta y suscitó, ¡oh cruel!, una nueva y perniciosa disputa. Y los que acompañaban a Odiseo, rey prudente y sagaz, se volvieron en los corvos bajeles para complacer nuevamente a Agamenón Atrida. Pero yo, con las naves que juntas me seguían, continué huyendo porque entendí que alguna divinidad meditaba causarnos daño. Huyó también el belicoso hijo de Tideo con los suyos, después de incitarlos a que le siguieran, y juntósenos algo más tarde el rubio Menelao, el cual nos encontró en Lesbos mientras deliberábamos acerca de la larga navegación que nos esperaba, a saber, si pasaríamos por cima de la escabrosa Quíos, hacia la isla de Psiria, para dejar esta última a la izquierda, o por debajo de la primera a lo largo del ventoso Mimante. Suplicamos a la divinidad que nos mostrase alguna señal y nos la dio ordenándonos que atravesáramos el piélago hacia la Eubea, a fin de que huyéramos lo antes posible del infortunio venidero. Comenzó a soplar un sonoro viento, y las naves, surcando con gran celeridad el camino abundante en peces, llegaron por la noche a Geresto: allí ofrecimos a Poseidón buen número de perniles de toro por haber hecho la travesía del dilatado piélago.