La Odisea

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59 —¡Ama querida! No cantes aún victoria regocijándote con exceso. Bien sabes cuan grata nos había de ser su venida a todos los del palacio y especialmente a mí y al hijo que engendramos; pero la noticia no es cierta como tú la das, sino que alguno de los inmortales ha muerto a los ilustres pretendientes, indignado de ver sus dolorosas injurias y sus malvadas acciones. Que no respetaban a ningún hombre de la tierra, malo o bueno que a ellos se llegara; y de ahí viene que, a causa de sus iniquidades, hayan padecido tal infortunio. Pero la esperanza de volver feneció lejos de Acaya para Odiseo, y éste también ha muerto.

69 Respondióle en el acto su ama Euriclea:

70 —¡Hija mía! ¡Qué palabras se te escaparon del cerco de los dientes, al decir que jamás volverá a esta casa tu marido, cuando ya está junto al hogar! Tu ánimo es siempre incrédulo. Mas, ea, voy a revelarte otra señal manifiesta: la cicatriz de la herida que le infirió un jabalí con su blanco diente. La reconocí mientras le lavaba y quise decírtelo; pero él, con sagaz previsión, me lo impidió tapándome la boca con sus manos. Sígueme; que yo misma me doy en prenda y, si te engaño, me matas haciéndome padecer la más deplorable de las muertes.

80 Contestóle la discreta Penelopea:


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