La Odisea
La Odisea 81 —Ama querida! Por mucho que sepas, difícil es que averigües los designios de los sempiternos dioses. Mas, con todo, vamos adonde está mi hijo, para que yo vea muertos a los pretendientes y a quien los ha matado.
85 Dijo así; y bajó de la estancia superior revolviendo en su corazón muchas cosas: si interrogaría a su marido desde lejos, o si, acercándose a él, le besaría la cabeza y le tomaría las manos. Después que entró en la sala, trasponiendo el pétreo umbral, fue a sentarse enfrente de Odiseo, al resplandor del fuego en la pared opuesta; pues el héroe se hallaba sentado de espaldas a una elevada columna, con la vista baja, esperando si le hablaría su ilustre consorte así que en él pusiera los ojos. Mas Penelopea permaneció mucho tiempo sin desplegar los labios por tener el corazón estupefacto: unas veces, mirándole fijamente a los ojos, veía que aquél era realmente su aspecto; y otras no le reconocía a causa de las miserables vestiduras que llevaba.
96 Y Telémaco la increpó con estas voces:
97 —¡Madre mía, descastada madre, puesto que tienes ánimo cruel! ¿Por qué te pones tan lejos de mi padre, en vez de sentarte a su lado, y hacerle preguntas y enterarte de todo? Ninguna mujer se quedaría así, con ánimo tenaz, apartada de su esposo, cuando él después de pasar tantos males, vuelve en el vigésimo año a la patria tierra. Pero tu corazón ha sido siempre más duro que una piedra.