La Odisea
La Odisea 70 —¡Hija mÃa! ¡Qué palabras se te escaparon del cerco de los dientes, al decir que jamás volverá a esta casa tu marido, cuando ya está junto al hogar! Tu ánimo es siempre incrédulo. Mas, ea, voy a revelarte otra señal manifiesta: la cicatriz de la herida que le infirió un jabalà con su blanco diente. La reconocà mientras le lavaba y quise decÃrtelo; pero él, con sagaz previsión, me lo impidió tapándome la boca con sus manos. SÃgueme; que yo misma me doy en prenda y, si te engaño, me matas haciéndome padecer la más deplorable de las muertes.
80 Contestóle la discreta Penelopea:
81 —Ama querida! Por mucho que sepas, difÃcil es que averigües los designios de los sempiternos dioses. Mas, con todo, vamos adonde está mi hijo, para que yo vea muertos a los pretendientes y a quien los ha matado.