La Odisea
La Odisea 105 —¡Hijo mío! Estupefacto está mi ánimo en el pecho, y no podría decirle ni una sola palabra, ni hacerle preguntas, ni mirarlo de frente. Pero, si verdaderamente es Odiseo que vuelve a su casa, ya nos reconoceremos mejor; pues hay señas para nosotros que los demás ignoran.
111 Así se expresó. Sonrióse el paciente divino Odiseo, y en seguida dirigió a Telémaco estas aladas palabras:
113 —¡Telémaco! Deja a tu madre que me pruebe dentro del palacio; pues quizás de este modo me reconozca más fácilmente. Como estoy sucio y ando con miserables vestiduras, me tiene en poco y no cree todavía que sea aquél. Deliberemos ahora para que todo se haga de la mejor manera. Pues si quien mata a un hombre del pueblo que no deja tras sí muchos vengadores, huye y desampara a sus deudos y su patria tierra, nosotros hemos dado muerte a los que eran el sostén de la ciudad, a los más eximios jóvenes de Ítaca. Yo te invito a pensar en esto.
123 Respondióle el prudente Telémaco:
124 —Conviene que tú mismo lo veas, padre amado, pues dicen que tu consejo es en todas las cosas el más excelente y que ninguno de los hombres mortales competiría contigo. Nosotros te seguiremos presurosos, y no han de faltarnos bríos en cuanto lo permitan nuestras fuerzas.