La Odisea

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113 Así habló, e hizo que Telémaco sintiera el deseo de llorar por su padre; al oír lo de su progenitor desprendióse de sus ojos una lágrima que cayó en tierra; y entonces, levantando con ambas manos el purpúreo manto, se lo puso ante el rostro. Menelao lo advirtió y estuvo indeciso en su mente y en su corazón entre esperar a que él mismo hiciera mención de su padre, o interrogarle previamente e irle probando en cada cosa.

120 Mientras tales pensamientos revolvía en su mente y en su corazón, salió Helena de su perfumada estancia de elevado techo, semejante a Artemis, la que lleva arco de oro. Púsole Adrasta un sillón hermosamente construido. Sacóle Alcipe un tapete de mórbida lana y trájole Filo el canastillo de plata que le había dado Alcandra mujer de Pólibo, el cual moraba en Tebas la de Egipto, en cuyas casas hay gran riqueza —Pólibo regaló a Menelao dos argénteas bañeras, dos trípodes y diez talentos de oro; y por separado dio la mujer a Helena estos hermosos presentes: una rueca de oro y un canastillo redondo, de plata, con los bordes de oro—. La esclava Filo dejó, pues, el canastillo repleto de hilo ya devanado; y puso encima la rueca con lana de color violáceo. Sentóse Helena en el sillón, que estaba provisto de un escabel para los pies, y al momento interrogó a su marido con estas palabras:


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