La Odisea

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138 —¿Sabemos ya, oh Menelao, alumno de Zeus, quiénes se glorian de ser esos hombres que han venido a nuestra morada? ¿Me engañaré o será verdad lo que voy a decir? El corazón me dice que hable. Jamás vi persona alguna, ni hombre, ni mujer, tan parecida a otra —¡me quedo atónita al contemplarlo!— como este se asemeja al hijo del magnánimo Odiseo, a Telémaco, a quien dejó recién nacido en su casa cuando los aqueos fuisteis por mí, ojos de perra, a empeñar fieros combates con los troyanos.

147 Respondióle el rubio Menelao: —Ya se me había ocurrido, oh mujer, lo que supones; que tales eran los pies de aquel, y las manos, y el mirar de los ojos, y la cabeza, y el pelo que la cubría. Ahora mismo, acordándome de Odiseo, les relataba cuántos trabajos padeció por mi causa, y ese comenzó a verter amargas lágrimas y se puso ante los ojos el purpúreo manto.








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