La Odisea
La Odisea 168 Respondióle el rubio Menelao: —¡Oh, dioses!, ha llegado a mi casa el hijo del caro varón que por mí sostuvo tantas y tan trabajosas luchas y a quien había hecho intención de amar, cuando volviese, mas que a ningún otro de los argivos si el largovidente Zeus Olímpico permitía que nos restituyéramos a la patria, atravesando el mar con las veloces naves. Y le asignara una ciudad en Argos, para que la habitase, y le labrara un palacio trayéndolo de Ítaca a él con sus riquezas y su hijo y todo el pueblo, después de hacer evacuar una sola de las ciudades circunvecinas sobre las cuales se ejerce mi imperio. Y nos hubiésemos tratado frecuentemente y, siempre amigos y dichosos, nada nos habría separado hasta que se extendiera sobre nosotros la nube sombría de la muerte. Mas de esto debió de tener envidia el dios que ha privado a aquel infeliz, a él tan solo, de tornar a la patria.
183 Así dijo, y a todos les excitó el deseo del llanto. Lloraba la argiva Helena, hija de Zeus, lloraban Telémaco y el Atrida Menelao; y el hijo de Néstor no se quedó con los ojos muy enjutos de lágrimas, pues le volvía a la memoria el irreprensible Antíloco a quien había dado muerte el hijo ilustre de la resplandeciente la Aurora. Y, acordándose del mismo, pronunció estas aladas palabras: