El hombre que rie
El hombre que rie Con todo eso, culta. Era la moda. Recuérdese a Isabel. Isabel es un tipo que, en Inglaterra, ha dominado tres siglos; el XVI, el XVII y el XVIII. Isabel es más que una inglesa, es una anglicana. De ahí el profundo respeto de la iglesia episcopal hacia esa reina; respeto experimentado por la iglesia católica que lo mezclaba con un poco de excomunión. En la boca de Sixto V, al anatematizar a Isabel, la maldición se convierte en madrigal Un gran cervello di principessa, dice. María Estuardo, menos ocupada de la cuestión inglesa y más ocupada de la cuestión mujer, era poco respetuosa para su hermana Isabel y le escribía de reina a reina y de coqueta a gazmoña: «Vuestro alejamiento del matrimonio procede de que no queréis perder la libertad de haceros declarar el amor. María Estuardo manejaba el abanico, e Isabel el hacha. Partida desigual. Por lo demás ambas rivalizaban en literatura. María Estuardo hacía versos franceses; Isabel traducía a Horacio. Isabel fea se decretaba bella; gustábanla las cuartetas y los acrósticos, hacíase presentar las llaves de las ciudades por Cupidos, pellizcábase el labio a la italiana, y echaba miradas ardientes a la española, tenía en su guarda-ropa tres mil trajes y tocados, entre ellos varios disfraces de Minerva y de Anfitrite. Gustábanle los irlandeses por sus anchas espaldas. Adoraba las rosas, juraba, blasfemaba, chillaba, daba puñetazos a sus damas de honor, enviaba al diablo a Dudley, pegaba al canciller Burleigh, que lloraba por ello, ¡viejo animal!, escupía a Mathew, cogía por el cuello a Haltón, abofeteaba a Essex, mostraba su muslo a Bassompierre, era virgen.