El hombre que rie
El hombre que rie Hemos dicho que no sonreía, pero reía; a veces, hasta con frecuencia, con una risa amarga. (En la sonrisa hay consentimiento, mientras que la risa es con frecuencia una negativa). Lo que mas le importaba era odiar al género humano. En este odio era implacable. Habiendo sacado en claro que la vida humana era una cosa atroz, habiendo notado la superposición de las plagas, los reyes sobre el pueblo, la guerra sobre los reyes, la peste sobre la guerra, el hombre sobre la peste, y la bestialidad sobre el todo, habiendo comprobado cierta cantidad de castigos en el mero hecho de existir, habiendo reconocido que la muerte es una libertad, cuando se le traía un enfermo, lo curaba. Tenía cordiales y brebajes para prolongar la vida de los ancianos. Devolvía el uso de sus pies a los lisiados y les lanzaba este sarcasmo:
—Ya te aguantas en tres patas. Ojalá puedas andar largo tiempo por este valle de lágrimas.
Cuando veía a un infeliz muriéndose de hambre, le daba todo el dinero que tenía encima, refunfuñando:
—Vive, miserable, come. Dura largo tiempo; no seré yo quien acorte tu presidio. Después de lo cual, frotábase las manos y decía: —Hago a los hombres todo el mal que puedo. Los transeúntes podían leer por el agujero del tragaluz posterior, en el techo del barracón este rótulo, escrito en el interior, pero visible desde fuera, con carbón y en grandes caracteres: Ursus, filósofo.