El hombre que rie

El hombre que rie

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La caleta, murada por todos lados por escarpaduras más altas de lo que ella tenía de ancha, era invadida de instante en instante por la obscuridad; la turbia neblina, propia del crepúsculo, se condensaba en ella; era como un aumento de obscuridad en el fondo de un pozo; la salida de la caleta sobre el mar, pasadizo estrecho, dibujaba en aquel interior casi nocturno donde se removían las olas, una hendidura blanquecina. Era menester estar muy cerca para distinguir la urca amarrada a las peñas, y como escondida en su gran manto de sombra. Un tablón echado desde cubierta a una saliente baja y aplanada de la escarpadura, único punto donde se podía poner pie, colocaba la barca en comunicación con la tierra; sombras negras, caminaban y se cruzaban por encima de aquel puente oscilatorio y en aquellas tinieblas se embarcaba gente.

Hacía menos frío en la caleta que en el mar, gracias al abanico de roca levantado al norte de aquella ensenada; abrigo que no impedía a aquellas gentes tiritar. Se daban prisa.

Los crepúsculos cortan las formas de un modo singular; ciertos detalles de sus vestidos, eran visibles y mostraban que aquella gente pertenecía a la clase llamada en Inglaterra the ragged, es decir, los haraposos.


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