El hombre que rie

El hombre que rie

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Explotado un mercado, pasaban a otro. Ursus vivía en un barracón con ruedas que Homo, suficientemente civilizado, arrastraba de día y guardaba de noche. En los malos caminos, en las cuestas, cuando había demasiado lodo o era el terreno demasiado pantanoso, pasábase el ronzal al cuello y tiraba paternalmente con el lobo. Así habían envejecido juntos. Acampaban al azar en un arrabal, en un claro de un bosque, en el cruce de varias calles, a la entrada de los pueblos, en las plazas, en los juegos públicos de pelota, en los linderos de los parques y en el atrio de las iglesias. Cuando el carromato se detenía en algún campo de feria, cuando acudían las comadres con la boca abierta, cuando los curiosos formaban círculo, Ursus les echaba un discurso, y Homo daba muestras de aprobación. Homo, con un platillo en la boca, hacía atentamente la cuestación entre los circunstantes. Ganábanse la vida. El lobo había sido adiestrado por el hombre, o se había adiestrado solo, en ciertas gracias de lobo que contribuían a hacer más abundante la colecta.

—Sobre todo, —decíale su amigo—, no degeneres en hombre.





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