Los Miserables - Parte 2
Los Miserables - Parte 2 Al paso que llevaban, y con las paradas que hacían, tardarían alrededor de un cuarto de hora para llegar al sitio en que estaba Jean Valjean. Fue un momento horrible. Sólo algunos minutos lo separaban de aquel espantoso precipicio que se abría ante él por tercera vez. El presidio ahora no era ya el presidio solamente; era perder a Cosette para siempre. Sólo había una salida posible. Jean Valjean tenía los pensamientos de un santo y la temible astucia de un presidiario. Midió con la vista la muralla. Tenía unos dieciocho pies de altura. La tapia estaba coronada de una piedra lisa sin tejadillo. La dificultad era Cosette, que no sabía escalar. Jean Valjean no pensó siquiera en abandonarla; pero subir con ella era imposible. Necesitaba una cuerda. No la tenía. Ciertamente si en aquel momento Jean Valjean hubiera tenido un reino, lo hubiera dado por una cuerda.
Todas las situaciones críticas tienen un relámpago que nos ciega o nos ilumina. Su mirada desesperada encontró el brazo del farol del callejón. En esa época se encendían los faroles haciendo bajar los reverberos por medio de una cuerda, que luego al subirlos quedaba encerrada en un cajoncito de metal. Con la energía de la desesperación, atravesó la calle de un brinco, hizo saltar la cerradura del cajoncito con la punta de su cuchillo, y volvió en seguida adonde estaba Cosette. Ya tenía la cuerda.