Los Miserables - Parte 4
Los Miserables - Parte 4 Todos se volvieron hacia el sitio de donde salÃa la voz. Marius habÃa entrado en la sala baja y cogido el barril de pólvora; se aprovechó del humo y de la especie de oscura niebla que llenaba el espacio cerrado para deslizarse a lo largo de la barricada hasta el hueco de adoquines en que estaba la antorcha. Coger ésta, poner en su lugar el barril de pólvora, colocar la pila de adoquines sobre el barril cuya tapa se habÃa abierto al momento con una especie de obediencia terrible, todo esto lo hizo Marius en un segundo.
En aquel momento todos, guardias nacionales, municipales, oficiales y soldados, apelotonados en el otro extremo de la calle, lo miraban con estupor, con el pie sobre los adoquines, la antorcha en la mano, su altivo rostro iluminado por una resolución fatal, inclinando la llama de la antorcha hacia aquel montón terrible en que se distinguÃa el barril de pólvora roto. Marius en aquella barricada, como lo fue el octogenario, era la visión de la juventud revolucionaria después de la aparición de la vejez revolucionaria.
Acercó la antorcha al barril de pólvora, pero ya no habÃa nadie en el parapeto.
Los agresores, dejando sus heridos y sus muertos, se retiraban atropelladamente hacia el extremo de la calle, perdiéndose de nuevo en la oscuridad. La barricada estaba libre.
Todos rodearon a Marius.