Los Miserables - Parte 1
Los Miserables - Parte 1 - Pero no le podremos mentir -murmuró la religiosa a media voz.
El señor Magdalena entró en la habitación y se paró junto a la cama; miraba alternativamente a la enferma y al crucifijo, lo mismo que dos meses antes cuando la visitó por primera vez. El rezaba, ella dormía, pero en aquellos dos meses los cabellos de Fantina se habían vuelto grises y los de Magdalena blancos.
Fantina abrió entonces los ojos, lo vio, y dijo sonriendo:
- ¿Y Cosette?
El señor Magdalena respondió maquinalmente algunas palabras que nunca pudo recordar. Por fortuna el médico, que llegaba en ese momento y que sabía la situación, vino en su auxilio.
- Hija mía, calmaos; vuestra hija está acá.
Los ojos de Fantina se iluminaron y cubrieron de claridad todo su rostro. Cruzó las manos con una expresión que contenía toda la violencia y la dulzura de una ardiente oración.
- ¡Por favor -exclamó-, traédmela!
- Aún no -dijo el médico-; en este momento no. Tenéis un poco de fiebre y el ver a vuestra hija os agitaría y os haría mal. Ante todo es preciso que estéis bien.
Ella lo interrumpió impetuosa.