Los Miserables - Parte 1
Los Miserables - Parte 1 - ¡Ah, señor cura! -exclamó el viajero-. Antes de entrar aquà tenÃa mucha hambre; pero sois tan bueno, que ahora no sé lo que tengo. El hambre se me ha pasado.
El obispo lo miró y le dijo:
- ¿Habéis padecido mucho?
- ¡Mucho! ¡La chaqueta roja, la cadena al pie, una tarima para dormir, el calor, el frÃo, el trabajo, los apaleos, la doble cadena por nada, el calabozo por una palabra, y, aun enfermo en la cama, la cadena! ¡Los perros, los perros son más felices! ¡Diecinueve años! Ahora tengo cuarenta y seis, y un pasaporte amarillo.
- Sà -replicó el obispo-, salÃs de un lugar de tristeza. Pero sabed que hay más alegrÃa en el cielo por las lágrimas de un pecador arrepentido, que por la blanca vestidura de cien justos. Si salÃs de ese lugar de dolores con pensamientos de odio y de cólera contra los hombres, seréis digno de lástima; pero si salÃs con pensamientos de caridad, de dulzura y de paz, valdréis más que todos nosotros.
Mientras tanto la señora Magloire habÃa servido la cena; una sopa hecha con agua, aceite, pan y sal; un poco de tocino, un pedazo de carnero, higos, un queso fresco, y un gran pan de centeno. A la comida ordinaria del obispo habÃa añadido una botella de vino añejo de Mauves.