Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Tomó entonces una decisión desesperada. Puesto que no podía librarse del papa de los locos, de las banderolas de Jehan Fourbault, de los árboles de mayo, de los cohetes y los petardos, lo que tenía que hacer era sumergirse audazmente en el corazón de la fiesta y, para ello, ir a la plaza de Grève.
«Al menos allí —pensó— posiblemente conseguiré un tizón de la hoguera para calentarme y podré cenar unas migas de los tres grandes blasones de azúcar real que deben de haber puesto sobre el bufé público de la ciudad.»