Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs «¡Afortunado barquero de vacas! —pensó Gringoire—. ¡Tú no sueñas con la gloria ni escribes epitalamios! ¡Qué te importan a ti los reyes que se casan y las duquesas de Borgoña! ¡Tú no conoces otras margaritas que las que tu hierba de abril ofrece como pasto a tus vacas! Y yo, poeta, soy abucheado, y tirito, y debo doce sueldos, y las suelas de mis zapatos son tan transparentes que podrÃan servir de cristales para tu farol. ¡Gracias, barquero de vacas! ¡Tu cabaña es un descanso para mi vista y me hace olvidar ParÃs!»
Fue despertado de su éxtasis casi lÃrico por un potente doble petardo de San Juan, que explotó de repente en la bendita cabaña. Era el barquero de vacas, que hacÃa su aportación a los festejos del dÃa lanzando un cohete.
Aquel petardo le puso a Gringoire la piel de gallina.
—¡Maldita fiesta! —exclamó—. ¿Por todas partes vas a perseguirme? ¡Oh, Dios mÃo, hasta en la casa del barquero de vacas! —Miró después el Sena, a sus pies, y una terrible tentación lo asaltó—. ¡Oh, cuán gustoso me ahogarÃa si el agua no estuviera tan frÃa! —dijo.