Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Una calle se abría ante él. Le pareció tan oscura y solitaria que supuso que allí podría escapar de todo el bullicio y todo el resplandor de la fiesta. Se internó, pues, en ella. Al cabo de unos instantes, su pie tropezó con un obstáculo; se tambaleó y cayó al suelo. Era el árbol de mayo, que los clérigos de la curia habían depositado por la mañana ante la puerta de un presidente del Parlamento, en honor a la solemnidad del día. Gringoire soportó heroicamente este nuevo encuentro. Se levantó y fue hasta el borde del agua. Después de haber dejado tras de sí el torrejón civil y la torre criminal, y de haber seguido el gran muro de los jardines del rey, por esa orilla sin empedrar donde el barro le llegaba hasta los tobillos, llegó al extremo occidental de la Cité y se quedó un rato mirando el islote del Barquero de Vacas, desaparecido años después bajo el caballo de bronce del Pont-Neuf. En la oscuridad, el islote aparecía ante sus ojos como una masa negra al otro lado del estrecho curso de agua blancuzca que lo separaba de él. Se vislumbraba, al resplandor de una lucecita, la especie de cabaña en forma de colmena donde el barquero de vacas se cobijaba por la noche.