Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Entre los mil rostros que este fulgor teñÃa de escarlata, habÃa uno que parecÃa más absorto aún que todos los demás en la contemplación de la bailarina. Era una figura de hombre, austera, serena y sombrÃa. Aquel hombre, cuyo traje quedaba oculto por la gente que lo rodeaba, no aparentaba más de treinta y cinco años. Sin embargo, estaba calvo; apenas tenÃa en las sienes unos mechones de escaso pelo ya gris; unas arrugas empezaban a surcar su frente despejada, pero en sus ojos hundidos resplandecÃa una juventud extraordinaria, una vida ardiente, una pasión profunda. Los mantenÃa clavados en la gitana y, mientras la alocada joven de dieciséis años bailaba y volteaba a gusto de todos, sus pensamientos parecÃan tornarse cada vez más sombrÃos. De vez en cuando una sonrisa y un suspiro coincidÃan en sus labios, pero la sonrisa era más dolorosa que el suspiro.
La muchacha se detuvo por fin, jadeante, y la gente la aplaudió con fervor.
—Djali —dijo la gitana.
Gringoire vio llegar entonces a una graciosa cabrita blanca, viva, despierta, lustrosa, con los cuernos dorados, las pezuñas doradas y un collar dorado, a la que aún no habÃa visto y que habÃa permanecido hasta ese momento echada en una esquina de la alfombra mirando bailar a su ama.
—Djali —dijo la bailarina—, ahora te toca a ti.