Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Gringoire, todavía seguido por sus tres perseguidores y sin saber en qué iba a parar aquello, caminaba asustado en medio de los otros, derribando a los cojos, saltando por encima de los sin piernas, tropezando a diestro y siniestro en ese hormiguero de lisiados, como aquel capitán inglés que encalló en un banco de cangrejos.
Le pasó por la mente la idea de volver sobre sus pasos. Pero era demasiado tarde. Toda aquella legión se había cerrado a su espalda y los tres mendigos lo sujetaban. Así pues, siguió adelante, empujado a la vez por aquel flujo irresistible, por el miedo y por un vértigo que le hacía percibir todo aquello como una horrible pesadilla.
Finalmente llegó al otro extremo de la calle, que desembocaba en una plaza inmensa donde mil luces dispersas oscilaban en la bruma confusa de la noche. Gringoire entró precipitadamente en ella esperando zafarse, gracias a la rapidez de sus piernas, de los tres espectros impedidos que se habían agarrado a él.
—¿Ónde vas, hombre?[34] —gritó el tullido soltando las muletas y corriendo tras él con las dos mejores piernas que jamás hubieran trazado un paso geométrico sobre el suelo de París.
Entre tanto, el lisiado sin piernas, ahora de pie, le ponía a Gringoire por sombrero su pesada plataforma de hierro con ruedas, y el ciego, por su parte, lo miraba a la cara con ojos ardientes.