Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Dicho esto, volvió la espalda al ciego y prosiguió su camino. Mas el ciego empezó a acelerar el paso al mismo ritmo que él, y hete aquà que el tullido y el lisiado sin piernas lo alcanzaron también con mucha ligereza y gran estrépito de escudillas y de muletas contra el empedrado. Y los tres, empujándose unos a otros detrás del pobre Gringoire, se pusieron a entonar su letanÃa:
—Caritatem! —cantaba el ciego.
—La buona mancia! —cantaba el lisiado.
Y el cojo redondeaba la frase musical repitiendo:
—¡Un pedaso de pan!
Gringoire se tapó los oÃdos.
—¡Esto parece la torre de Babel! —exclamó.
Echó a correr. El ciego corrió. El cojo corrió. El lisiado sin piernas corrió.
Y a medida que se adentraba en la calle, lisiados, ciegos y cojos pululaban a su alrededor, y mancos, y tuertos, y leprosos con sus llagas, unos saliendo de las casas, otros de las callejas aledañas, otros más de los tragaluces de los sótanos, aullando, mugiendo, chillando, todos a trompicones, dando tumbos, precipitándose hacia la luz, rebozados de fango como babosas después de llover.