Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Parece que este también habla —dijo Gringoire—. Pero es una lengua endiablada, y más dichoso es él que yo si la entiende.
Entonces, golpeándose la frente por efecto de una repentina asociación de ideas, dijo:
—Por cierto, ¿qué demonios querÃan decir esta mañana con eso de «Esmeralda»?
Intentó apretar el paso, pero por tercera vez algo se interpuso en su camino. Ese algo, o más bien ese alguien, era un ciego, un ciego menudo, barbudo y con cara de judÃo que, moviendo un bastón por el espacio circundante y remolcado por un perrazo, le espetó con acento húngaro:
—Facitote caritatem!
—¡Albricias! —exclamó Pierre Gringoire—. Por fin uno que habla una lengua cristiana. Debo de tener cara de ser muy caritativo para que me pidan limosna en el estado de delgadez en que se encuentra mi bolsa. Amigo —añadió, volviéndose hacia el ciego—, la semana pasada vendà mi última camisa, es decir, puesto que solo comprendéis la lengua de Cicerón: Vendidi hebdomade nuper transita meam ultimam chemisam.