Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Nada hace a un hombre tan aventurero como no notar el bulto de la bolsa. Gringoire continuó avanzando y muy pronto hubo alcanzado a la larva que se arrastraba más perezosamente detrás de las demás. Al aproximarse a ella vio que no era sino un miserable lisiado sin piernas que se desplazaba a saltos apoyado en las manos, como un segador herido al que solo le quedan dos patas. En el momento en que pasó junto a aquella especie de araña con rostro humano, esta alzó hacia él una voz penosa:
—La buona mancia, signor! La buona mancia!
—¡Que el diablo se te lleve, y a mà contigo, si entiendo lo que dices! —exclamó Gringoire.
Y siguió adelante.
Alcanzó a otra de aquellas masas ambulantes y la examinó. Era un tullido, cojo y manco a la vez, y tan manco y tan cojo que el complicado sistema de muletas y de patas de palo que lo sostenÃa le daba el aspecto de un andamio en marcha. Gringoire, que acostumbraba a hacer comparaciones nobles y clásicas, lo comparó mentalmente con las trébedes vivas de Vulcano.
Aquellas trébedes vivas lo saludaron al pasar, pero poniendo el sombrero a la altura del mentón de Gringoire, como si fuera una bacÃa, y gritándole al oÃdo:
—¡Señor caballero, para comprar un pedaso de pan![33]