Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Asà que volvió sobre sus pasos y, orientándose y escudriñando, olfateando como un perro y aguzando el oÃdo, intentó encontrar el bendito jergón. Pero fue en vano. Todo eran intersecciones de casas, callejones sin salida y encrucijadas, en medio de las cuales titubeaba y dudaba continuamente, más atrapado y encerrado en aquella maraña de callejas oscuras de lo que lo habrÃa estado en el propio laberinto del hotel de las Tournelles. Al final perdió la paciencia y exclamó solemnemente:
—¡Malditas sean las bifurcaciones! ¡El diablo las ha hecho a imagen y semejanza de su propia horca!
Esta exclamación lo alivió un poco, y una suerte de reflejo rojizo que vio en ese momento al final de una larga y estrecha calleja acabó de levantarle la moral.
—¡Alabado sea Dios! —dijo—. ¡Es allÃ! Mi jergón está ardiendo. —Y comparándose al nauclero que zozobra en plena noche, añadió piadosamente—: Salve, salve, maris stella![32]
Si dirigÃa este fragmento de letanÃa a la Virgen o al jergón es algo que ignoramos por completo.
Apenas habÃa dado unos pasos por la larga calleja, en pendiente, sin empedrar y cada vez más enfangada e inclinada, cuando observó algo bastante singular. No estaba desierta. Acá y allá, a lo largo de toda ella, reptaban unas masas vagas e imprecisas en dirección al resplandor que oscilaba al fondo de la calle, como esos torpes insectos que se arrastran por la noche de brizna en brizna de hierba hacia la fogata de un pastor.