Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Me parece, maese Pierre Gringoire —se dijo a sà mismo tocándose la frente con un dedo—, que estáis corriendo como un botarate. Los bribonzuelos no se han asustado menos al veros a vos que vos al verlos a ellos. Me parece, os digo, que habéis oÃdo el ruido de sus zuecos alejándose hacia el mediodÃa, mientras que vos lo hacÃais hacia el septentrión. Asà que, una de dos: o han huido, y entonces el jergón que el terror debe de haberles hecho olvidar es precisamente esa cama hospitalaria tras la que andáis desde esta mañana, y que la Virgen os envÃa como por ensalmo para recompensaros por haber escrito en su honor una moralidad con triunfos y mascaradas; o bien no han huido, y en ese caso han prendido fuego al jergón, y ese es justo el excelente fuego que necesitáis para solazaros, secaros y calentaros. En los dos casos, buen fuego o buena cama, el jergón es un regalo del cielo. Quizá la bendita Virgen MarÃa que está en la esquina de la calle Mauconseil ha hecho que Eustache Maubon muera solo para eso, y es un despropósito por vuestra parte huir a espetaperro, como un picardo ante un francés, dejando atrás lo que andáis buscando delante, ¡y sois un majadero!