Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París El pobre poeta miró a su alrededor. Estaba, efectivamente, en esa temible Corte de los Milagros donde jamás había penetrado un hombre honrado a semejante hora; círculo mágico en el que los oficiales del Châtelet y los alguaciles del prebostazgo que se aventuraban por allí desaparecían hechos trizas; ciudad de los ladrones, horrenda verruga en el rostro de París; cloaca de donde salía todas las mañanas y adonde volvía todas las noches a pudrirse ese arroyo de vicios, de mendicidad y de vagabundeo siempre desbordado por las calles de las capitales; colmena monstruosa a la que regresaban por la noche con su botín todos los zánganos del orden social; hospital mentiroso donde el bohemio, el fraile exclaustrado, el estudiante crapuloso, los golfos de todas las naciones, españoles, italianos, alemanes, de todas las religiones, judíos, cristianos, mahometanos, idólatras, cubiertos de llagas simuladas, mendigos durante el día, se transfiguraban por la noche en bandidos; inmenso vestuario, en una palabra, donde se vestían y se desvestían en aquella época todos los actores de esa comedia eterna que el robo, la prostitución y el asesinato representan en las calles de París.