Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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Era una extensa plaza, irregular y mal adoquinada, como a la sazón todas las plazas de París. Aquí y allá brillaban fogatas en torno a las cuales hormigueaban grupos extraños. Todos gritaban en un incesante ir y venir. Se oían risas estridentes, llantos de niños, voces de mujeres. Las manos y las cabezas de aquel gentío, negras sobre el fondo luminoso, se recortaban en mil gestos extraños. De vez en cuando, en el suelo, donde temblaba la claridad de las fogatas mezclada con grandes sombras indefinidas, se veía pasar un perro que parecía un hombre o un hombre que parecía un perro. Los límites de las razas y de las especies parecían borrarse en aquel lugar como en un pandemónium. Hombres, mujeres, animales, edad, sexo, salud, enfermedad, todo parecía ser compartido entre aquellas gentes; todo estaba junto, mezclado, confundido, superpuesto; todos participaban de todo.

El resplandor trémulo y pobre de las fogatas permitía a Gringoire, a través de su turbación, distinguir en derredor de la inmensa plaza un horrendo cerco de viejas casas, cuyas fachadas carcomidas, destartaladas, decrépitas, con una o dos luceras iluminadas cada una, le parecían en la oscuridad enormes cabezas de mujeres viejas, monstruosas y ceñudas que, colocadas en círculo, miraban el aquelarre guiñando los ojos.

Era como un nuevo mundo, desconocido, inaudito, deforme, reptil, hormigueante, fantástico.


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