Nuestra Señora de París

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Cada vez más espantado, sujeto por los tres mendigos como por tres tenazas, ensordecido por una multitud de rostros que se encrespaban y ladraban a su alrededor, el malhadado Gringoire intentaba recobrar su presencia de ánimo para recordar si era sábado. Pero sus esfuerzos eran vanos; el hilo de su memoria y de su pensamiento se había roto, y, dudando de todo, fluctuando entre lo que veía y lo que sentía, se hacía esta insoluble pregunta: «Si yo soy, ¿esto es? Si esto es, ¿yo soy?».

En ese momento, un grito diáfano se elevó entre la turba vociferante que lo rodeaba:

—¡Llevémoslo ante el rey! ¡Llevémoslo ante el rey!

—¡Virgen santa! —murmuró Gringoire—. El rey de aquí debe de ser un macho cabrío.

—¡Al rey! ¡Al rey! —repitieron todas las voces.

Se lo llevaron a rastras. Se peleaban por ponerle las manos encima, pero los tres mendigos no lo soltaban y se lo arrebataban a los demás gritando:

—¡Es nuestro!

El jubón ya maltrecho del poeta exhaló en aquella lucha el último suspiro.


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