Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Mientras atravesaba la horrible plaza, su vértigo se disipó. Tras dar unos pasos había recobrado el sentido de la realidad. Empezaba a acostumbrarse al ambiente del lugar. En un primer momento, de su cabeza de poeta, o quizá simple y prosaicamente de su estómago vacío, se había elevado un humillo, un vapor, por así decirlo, que, extendiéndose entre los objetos y él, no se los había dejado entrever más que envueltos en la bruma incoherente de la pesadilla, en esas tinieblas de los sueños que hacen temblar todos los contornos, contorsionarse todas las formas, amontonarse los objetos en grupos desmesurados hasta convertir las cosas en quimeras y a los hombres en fantasmas. Poco a poco, a esa alucinación le sucedió una mirada menos extraviada y también menos deformante. Lo real se abría paso en torno a él, le saltaba a los ojos, le golpeaba los pies y desmontaba pieza a pieza toda la espantosa poesía de la que al principio había creído estar rodeado. Tuvo que advertir irremediablemente que no caminaba por el Estigia, sino por el fango, que no se hallaba en compañía de demonios, sino de ladrones, que no peligraba su alma, sino simplemente su vida (puesto que carecía de ese precioso conciliador que se sitúa tan eficazmente entre el bandido y el hombre honrado, o sea, la bolsa). Finalmente, examinando la orgía más de cerca y con más sangre fría, pasó del aquelarre a la taberna.