Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París La Corte de los Milagros no era, en efecto, sino una taberna, pero una taberna de bandidos, tan roja de sangre como de vino.
El espectáculo que se ofreció a sus ojos cuando su andrajosa escolta lo soltó por fin al término de su recorrido no era el más apropiado para devolverlo a la poesía, ni siquiera a la poesía del infierno. Era más que nunca la prosaica y brutal realidad de la taberna. Si no estuviésemos en el siglo XV, diríamos que Gringoire había descendido de Miguel Ángel a Callot.