Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París No es gran cosa… Volvamos a la verdadera Gran Sala del verdadero viejo palacio.
Los dos extremos de ese gigantesco paralelogramo estaban ocupados, el uno por la famosa mesa de mármol, tan larga, tan ancha y tan gruesa que jamás se vio, según dicen los viejos libros de becerro en un estilo que habría abierto el apetito a Gargantúa, «semejante loncha de mármol en el mundo»; el otro, por la capilla donde Luis XI había encargado que lo esculpieran de rodillas ante la Virgen y adonde había mandado trasladar, sin preocuparse de dejar dos nichos vacíos en la hilera de estatuas reales, las estatuas de Carlomagno y de san Luis, dos santos que él suponía que gozaban de gran crédito en el cielo como reyes de Francia. Dicha capilla, todavía nueva, construida apenas seis años antes, lo estaba con ese gusto exquisito por la arquitectura delicada, por la escultura maravillosa, por el fino y profundo cincelado que marca en nuestro país el fin de la época gótica y se perpetúa hasta aproximadamente mediados del siglo XVI en los caprichos mágicos del Renacimiento. El pequeño rosetón calado que coronaba el pórtico era, en particular, una obra maestra de sutileza y gracia; parecía una estrella de encaje.