Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París En el centro de la sala, frente a la gran puerta, habían erigido, para los enviados flamencos y demás personajes importantes invitados a la representación del misterio, un estrado tapizado en brocado de oro, adosado a la pared, y en el que habían practicado una entrada privada aprovechando una ventana del pasillo de la habitación dorada.
Sobre la mesa de mármol es donde, según la tradición, debía ser representado el misterio. Y para tal fin había sido dispuesta por la mañana. Su rico tablero de mármol, muy rayado por los tacones de la curia, sostenía una estructura de madera bastante alta cuya superficie superior, accesible a las miradas de toda la sala, debía servir de escenario y cuyo interior, oculto por unos tapices, debía hacer las veces de vestuario para los personajes de la obra. Una escalera de mano, ingenuamente colocada por fuera, debía establecer la comunicación entre el escenario y el vestuario, y prestar sus empinados peldaños tanto para las entradas como para las salidas. No había personaje, peripecia o golpe de efecto, por improvisado que fuera, que no obligara a utilizar esa escalera. ¡Inocente y venerable infancia del arte y de la tramoya!
Cuatro alguaciles del baile del palacio, guardianes forzosos de todas las diversiones del pueblo tanto los días de fiesta como los días de ejecución, permanecían de pie en las cuatro esquinas de la mesa de mármol.