Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Diablos! Me desnucaré —objetó Gringoire—. Vuestro escabel cojea más que un dÃstico de Marcial; tiene una pata hexámetro y una pata pentámetro.
—Sube —repitió Clopin.
Gringoire subió al escabel y consiguió, no sin unas cuantas oscilaciones de la cabeza y de los brazos, recuperar su centro de gravedad.
—Ahora —prosiguió el rey de Thunes—, enrosca el pie derecho alrededor de la pierna izquierda y ponte de puntillas sobre el pie izquierdo.
—Monseñor —dijo Gringoire—, ¿estáis empeñado en que me rompa algún miembro?
Clopin meneó la cabeza.
—Oye, amigo, hablas demasiado. Voy a explicarte en dos palabras de qué se trata. Vas a ponerte de puntillas, como te he dicho, y de esa forma podrás llegar al bolsillo del muñeco, lo registrarás, sacarás una bolsa que hay en él, y si haces todo eso sin que se oiga el ruido de una campanilla, muy bien, serás truhán. Solo nos faltará apalearte durante ocho dÃas.
—¡Vientre de Dios! ¡Me guardaré mucho! —dijo Gringoire—. ¿Y si hago sonar las campanillas?
—Entonces te colgaremos. ¿Lo entiendes?
—No acabo de entenderlo muy bien —respondió Gringoire.