Nuestra Señora de París

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Clopin hizo una señal. Unos cuantos argoteros se alejaron del círculo y regresaron en un momento. Traían dos postes rematados en su extremo inferior por dos espátulas de madera que les permitían sostenerse en pie. En el extremo superior de ambos postes colocaron una viga transversal, de manera que el conjunto constituyó una bonita horca portátil que Gringoire tuvo la satisfacción de ver alzarse ante él en un abrir y cerrar de ojos. Nada faltaba en ella, ni siquiera la cuerda, que se balanceaba graciosamente por debajo de la viga.

«¿Adónde quieren ir a parar?», se preguntó Gringoire con cierta inquietud.

Un ruido de campanillas que oyó en ese mismo momento puso fin a su ansiedad. Era un muñeco que los truhanes estaban colgando de la cuerda por el cuello, una especie de espantapájaros vestido de rojo y tan cargado de cascabeles y esquilas que se habría podido enjaezar con ellos a treinta mulas castellanas. Aquellas mil campanillas tintinearon un rato debido a las oscilaciones de la cuerda, poco a poco se apaciguaron y finalmente se callaron cuando el muñeco hubo sido devuelto a la inmovilidad por esa ley del péndulo que ha destronado a la clepsidra y al reloj de arena.

Entonces Clopin le dijo a Gringoire, señalándole un viejo escabel tambaleante colocado debajo del muñeco:

—Sube ahí arriba.


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