Nuestra Señora de París

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—¡Vientre de sinagoga —repuso Clopin, fuera de sí—, te digo que no soy judío y que haré que te cuelguen! ¡A ti y a ese mercadante de Judea que está a tu lado y al que espero ver clavar un día en un mostrador, como una moneda falsa que es!

Diciendo esto, señalaba con el dedo al pequeño judío húngaro barbudo que había abordado a Gringoire con su facitote caritatem y que, como no entendía otra lengua, miraba con sorpresa cómo el rey desahogaba su mal humor contra él.

Finalmente, monseñor Clopin se calmó.

—Perillán —le dijo a nuestro poeta—, ¿quieres ser, entonces, truhán?

—Sin duda —respondió el poeta.

—Bien, pero no basta con querer —dijo el verdugo Clopin—. La buena voluntad no añade una cebolla a la sopa y solo sirve para ir al paraíso; pero paraíso y argot son dos cosas distintas. Para ser admitido en el argot, debes demostrar que sabes hacer algo, y para ello, debes registrar al maniquí.

—Registraré todo lo que os plazca —dijo Gringoire.


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