Nuestra Señora de París

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—Te aclaro —añadió el rey— que no por eso dejarás de ser colgado.

—¡Diablos! —dijo el poeta.

—Pero serás colgado más adelante —continuó Clopin, imperturbable—, con más ceremonia, con cargo a la buena ciudad de París, en una bonita horca de piedra y por la gente honrada. Es un consuelo.

—Tenéis razón —contestó Gringoire.

—Hay más ventajas. En calidad de francoburgués, estarás exento del impuesto de lodos y farolas que deben pagar los burgueses de París.

—Así sea —dijo el poeta—. Acepto. Soy truhán, argotero, francoburgués, espadín, todo lo que queráis. Y ya era todo eso antes, señor rey de Thunes, pues soy filósofo, et omnia in philosophia, omnes in philosopho continentur,[37] como vos bien sabéis.

El rey de Thunes frunció el entrecejo.

—¿Por quién me tomas, amigo? ¿En qué jerga de judío de Hungría nos hablas? Yo no sé hebreo. Para ser bandido no hay que ser judío. Yo ni siquiera robo ya, yo estoy por encima de eso, yo mato. Cortacuellos, sí; cortabolsas, no.

Gringoire intentó colar alguna excusa entre aquellas breves frases que la cólera hacía cada vez más entrecortadas:

—Os pido perdón, monseñor. No es hebreo, es latín.


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